lunes, 15 de febrero de 2016

San Valentín

Se miran sin verse. Ambos notan la presencia del otro en su interior. Se esconden. Lo intentan pero algo falla. Algo, que no saben exactamente de que se trata, hace que acaben encontrándose y en sus rostros se dibujen una sonrisa forzada pero a la vez deseada.

¿De verdad es un mono? A mí me parece un perro.
A lo mejor es un mono un poco perro. Pero fíjate en las palmas de manos y pies. Son de primate. Me recuerdan a las mías.

Ella sonríe. Lleva toda la semana sonriendo. Él lo sabe. Es lo poco que sabe de ella sin preguntar. Él la mira y percibe el calor que crece en su interior. En su corazón.

¿Qué ha dicho del gato? Sé que el águila simboliza la fuerza.
El gato simbolizaba el amor. La simbología animal en la iglesia cristiana era: Mono (Alegría), Gato (Amor) y Águila (fuerza)

Lo mira con cierta admiración. Una admiración cautiva en un velo de suave seda. Él le devuelve una mirada caída, derrotada por noches de inexplicable e ilógico insomnio. Percibe la frágil línea que los separa, el sentimiento que ha nacido en ambos y que puede rasgarse con la misma facilidad con la que ha aparecido.

Luego me acercaré a ver al mono. Desde aquí me sigue pareciendo un perro.

Le guiña el ojo. Es un guiño que viaja sin rumbo, sin meta, a la espera de que alguien o él lo recoja como espera ser leído el mensaje introducido en una botella de cristal. Navega a la deriva y las miradas se vuelven erráticas, esquivas, casi desconocidas. Él tiene ganas de llorar. Ve el muro invisible que les separa. Observa que se encuentran en otra dimensión. En un tiempo distinto. Recuerda momentos, palabras, emociones.

*    *   *   *
Pasean por los jardines románticos de una mansión del siglo pasado. Actual albergue y residencia para ancianos. Se vuelven a encontrar entre el grupo. El azar provoca que se emparejen de nuevo creando un círculo invisible entre ellos y el resto. Se miran a los ojos. Hacía un momento no podían. Ahora lo hacen. como al principio de estos días. Él vuelve a darse cuenta que sus ojos son oscuros. Ella que los de él son claros. Ambos vuelven a ser conscientes del cuerpo del otro, de sus formas.

En un mes regresaré para una formación. Serán dos días. Esta vez hemos alquilado un apartamento para sentirnos más libres.
¡Guay! ¿De qué es la formación? ¡Me encantaría volver a verte!
¡A mí también! Pero eso sólo lo sabe el destino, aquello que el camino nos tiene previsto.
¡Nos veremos! Aunque no sea dentro de un mes. ¡Volveremos a encontrarnos!
¿Cómo estás tan seguro?
¡No lo sé! Simplemente lo siento así...

*   *   *   *
Se despiden. Se besan y se abrazan. Ellos esperan. El destino juega con su despedida. Los deja para el final. Es curioso como las cosas ocurren sin desearlo. Pero no se encuentran hasta que sus miradas vuelven a reconocerse, a verse entre las demás. Ambos se acercan nerviosos. Ambos saben que los están mirando y que ellos se observan. Son dos miradas distintas al mismo acto. A la misma despedida. El mismo silencio. Distintas emociones. Las mismas palabras.

Se abrazan y se besan. Se realizan promesas que no saben si podrán cumplir. No se pueden mirar. Vuelven a esconderse. Vuelven a verse sin mirar. Perciben un pequeño calor en sus corazones que no saben si crecerá, se estancará o, simplemente, desaparecerá. Pero esa misma sensación, ese calor, les impide volver a reconocerse, volver a verse. Volver a estar el uno con el otro. Simplemente estar.

¡Cuídate! 
¡Cuídate!

Son las últimas palabras antes de marchar cada uno por su camino: ella cogerá un avión. Él un coche. Él mira el anillo que cubre su dedo anular. Ella no tiene más que recuerdos.

(Texto que surge de una emoción desconocida. Del dolor que provoca. De la sensación extraña de encontrarte vivo cuando ya te veías muerto. Espero que os guste)




viernes, 29 de enero de 2016

Letras y canciones

A veces las canciones te llegan sin saber porqué. Sin tener ninguna razón. Como la primavera en invierno o la nieve en verano. No sabes porqué pero te llega y llena todo tu ser. Se enraíza en tu alma y ya no puede despegarse de ti. A veces, el amor es así. A veces, la amistad también.

E intentas cerrar los ojos y ves las letras bailar en tu oscuridad como un primer ejercicio de tres dimensiones y escuchas tu corazón latir descompensado a cómo deberían hacerlo en esos momentos en que te estiras en tu lecho y esperas soñar. Soñar recuerdos. Soñar ilusiones Simplemente soñar.

Y lloras sin que surjan las lágrimas pero sabiendo que están ahí. Que quieren arrancar de tu alma y fugarse de tí, llegar a tu piel y mojarla. Llegar a las sábanas y envolverlas de tristeza. Pero sin embargo, siguen ahí, luchando, forzando una salida que no parece que puedan alcanzar.

Y te preguntas qué está pasando, qué ocurre y no sabes que decir. Crees que es la tristeza pero intuyes que no. Crees que es la soledad pero, sonríes sabiendo que tampoco es lo que buscas. Recuerdas muertes y pérdidas buscando respuestas y, al cabo del tiempo, encuentras que lo único que no tienes que hacer es preguntarte porqué, sino dejarte llevar por ella. Acogerla. Abrazarla. Casi amarla.

Y abres los ojos y la oscuridad densa se mueve, se convierte en algo líquido que te recuerda dónde y cómo te encuentras. Y afloran los primeros sollozos y las respiraciones entrecortadas que no acaban de arrancar. Y recuerdas porqué, a veces, las canciones te llegan sin avisar, casi sin querer. Como la vida. Tu vida. Nuestra vida.

(Texto que surge del insomnio de una noche y de esta canción inesperada. "Seguirem somniant" de Sopa de Cabra. Espero que os guste)




viernes, 8 de enero de 2016

El humo de una vela.

Vomita su nombre en el interior de la taza del water del instituto. Golpea su pasado sobre los azulejos blancos de la pared del lavabo. Expulsa su presente a través de sus lágrimas saladas que se deshacen al encontrarse con el sucio suelo del escusado. Lee un teléfono que jamás sonará escrito sobre la puerta que la separa del resto del edificio.

¿Qué podía hacer ahora? se pregunta.

Seca sus lágrimas con el mismo papel con el que limpia sus partes íntimas. Recuerda porqué está aquí escondida. Oculta del resto de compañeros. Su estómago golpea su piel como si fuera un globo atrapado en el interior de una caja demasiado pequeña. Siente que va a explotarle.

¿Qué coño hago ahora? se dice.

Se levanta y, con la inseguridad que provoca el miedo al futuro inmediato, a aquello que no controlas, que no sabes que va a ocurrir, abre la puerta del escusado. Se ve en el espejo pero le da la sensación que no es ella, que ha cambiado. Que algo la ha transformado en lo que es ahora. No se reconoce, de momento.

¿Me voy a casa? se interroga.

Observa su rostro. Un rostro con restos de un maquillaje que marcha poco a poco, casi sin querer. Un rostro que ya no le pertenece. Un rostro diferente que espera volverse a componer tras la tormenta, como si fuera el Sol que vuelve a surgir del dicho.

¡Marcho! Me piro de aquí.

Abre la puerta del escusado y se encuentra con el pasillo vacío del instituto. El pasillo que la ha sentido correr, que ha escuchado sus gritos y su desesperación. El pasillo que se ha convertido en una simple cinta de gimnasio que se ha detenido en el lavabo.

Vuelve el miedo a ocupar su mente y su cuerpo. Vuelve el recuerdo de lo sucedido. De las burlas. De la persecución. Vuelve el horror a ocupar todo su ser. Una ventana se abre a su derecha. Una pared con diferentes puertas a su izquierda. Y enfrente de ella, las luces del inicio y final de la pesadilla.

Camina asustada. Con las prisas que provocan el miedo. Con la respiración entrecortada que provoca la incerteza de lo que ocurrirá. Tiene miedo de las miradas que pueden surgir. De los comentarios que pueden herir. De los brazos que pueden sujetar su huida. De las manos que pueden cegar su iniciativa.

¡Ya falta menos! ¡Sólo una puerta!, se anima.

¿Dónde piensas ir, puta? ¡De aquí no sales sin probar nuestras pollas! ¡Recuerda quién eres! ¡Recuérdalo!

Y solloza. Un sollozo cada vez más escondido entre la masa de cuerpos que la rodean, la desnudan y la apagan como el humo de una vela después de ser soplada que se va deshaciendo hacia el techo, hacia el cielo, hacia los deseos que ya no regresarán hasta el año siguiente.

(Texto que surge de un momento. De diferentes canciones. De la sensación de vacío y de la lectura de un cuento de Clarice Lispector).


Órdenes

Imágenes de agendas y líneas por rellenar.

Imágenes de hojas vacías dispuestas a ser rasgadas por un lápiz, un color o un bolígrafo.

Hojas dispuestas a ser rotas, arrancadas de su raíz en forma de espiral y lanzadas al vacío.

Imágenes del bloqueo en una composición artística. En un recuerdo. En un sueño.

Imágenes que necesitan ser trasladadas, que necesitan trasladarse a otro lugar más allá del propio.

Ideas que necesitan explorar un nuevo lugar, un nuevo mundo, un nuevo espacio.

Imágenes del invierno que no volverá a serlo jamás. De la primavera que nunca llegará.

Imágenes del verano que marchó. Del otoño que nunca llegó a madurar.

Frases que no significan nada pero que muestran el paso del tiempo y de la esperanza. Su pérdida.

Imágenes de la nada convertida en un agujero negro que consume la fantasía, en letras sin significado.

Imágenes de la soledad en una canción, en un simple poema, en un único cuento que no será leído jamás.

Finales que indican principios. Comienzos que derivan en finales.

(Texto de conexiones automáticas. De vacíos continuos y de impotencia. Un ejercicio más)

Spotify

Escucho la lista variada de mi cuenta de Spotify y pienso si puedo escribir algo que pueda interesar a alguien. Incluso a mi mismo. Suena un grupo denominado Skid Row que me recuerda a los amigos que se dejaron atrás pero también me enlaza con un nuevo proyecto relacionado con una vieja ciudad a la que alguna vez regresaré: Sarajevo.

Escucho mi cuenta de Spotify y pienso qué ha cambiado desde que decidí crearla. Veo las listas interrumpidas, los sueños que pudieron crear y los que aún siguen hay, en la neblina de lo que aún puede acontecer, suceder, ocurrir.

Escucho Spotify y escribo al ritmo de las canciones que viven en ella, que seleccioné en su momento y que, como ahora ocurre con este texto, se fueron agolpando automáticamente y crearon algo sin ser pensado ni racionado. Un mar de letras, escritas y cantadas, que alguien o yo mismo, leeré y no recordaré porqué están ahí.

Escucho y veo un pequeño dinosaurio correr por un mundo casi real pero pintado por una mano digital que casi parece la de Dios cuando creó el mundo. Recuerdo las lágrimas que surgieron ese día y mi estómago golpea contra mi piel indicándome el dolor pasado, el dolor vivido. El dolor.

Bebo agua y escucho el paso del tiempo, el avance de las líneas sobre la página en blanco y el golpear contínuo de las ideas que bullen en mi cabeza y que saltan al teclado como burbujas de agua caliente saltan o golpean la tapa de una olla. Todo surge sin pensar, casi sin esfuerzo. Me pregunto si tiene sentido todo esto y mostrarme tan sincero, tan honesto con la nada, con el vacío, con la soledad.

Escucho una canción que me recuerda, no sé porqué, a una joven poeta. La escucho y su imagen ocupa todos los espacios de mi mente y ni siquiera sé porqué la asocio a ella. Algo parecido a lo que me ocurrió con Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño y Placebo. Algo que me transporta a mi adolescencia y a los sueños que se pudrieron con ella.

Escucho mi lista de Spotify y veo que tendré que acabar aquí, en este lugar, con esta canción que habla de un posible paraíso, de sus posibilidades, de sus horrores, de sus luces y sombras, de sus derrotas y victorias, de sus solos de guitarra y de sus voces increíbles y de ensueño que podría encajar con los ángeles y los demonios que todos guardamos en nuestro interior, en nuestros sueños.

Escucho Spotify...


(Texto que surge de la soledad, de los sueños que ella provoca. Y de la canción de Pumpin Blood "Nonono". Espero que os guste).

lunes, 9 de noviembre de 2015

Nada y todo.

Quiere escribir pero lo único que le surge es dolor y negación. Piensa en algo bonito que describir, en algo que le pueda producir una sonrisa, ya no sólo a ella, sino a alguien. No recuerda nada. Mira al lejano suelo, observa el descanso aéreo de sus pies y la ciudad viviendo bajo sus suelas. La pequeña libreta comprada en los chinos la acompaña con sus páginas en blanco. Un bolígrafo divide la portada en dos. Mira al cielo, a las nubes, al sol y a los pocos pájaros que no duermen a estas horas del día. La marca de un avión recorre el cielo. Los ruidos son lejanos y casi inexistentes. Una idea le viene a la cabeza y le provoca una leve y triste sonrisa.

Me gustaría volar. ¿Cómo debe ser volar? ¿Cómo debes sentirte?

La oportunidad de la vida la envuelve sin que ella se dé cuenta o quiera aceptarlo. Necesita escribir algo. Una cosa alegre antes de marcharse pero no se le ocurre nada. Recuerda a su padre. Recuerda a su madre. Recuerdos que no significan nada para ella. Recuerdos que le reviven viejas heridas. Recuerdos que no son cuerdos y que provocan dolor en ella, en las cicatrices que la visten cuando se desnuda en la noche o antes de entrar en la ducha. Una paloma se posa cercana y la observa de aquella forma extraña y admirativa que sólo ellas tienen. Le devuelve la mirada y esboza un nuevo intento de sonrisa que languidece con su huida hacia el infinito cielo.

Volar... sentirse libre... volar...

Se le ocurre escribir esas palabras con esas pausas entre ellas. Una línea en el horizontal de la hoja en blanco de la libreta comprada en los chinos. 

¡Ya está! ¡Ya lo tengo!

Emocionada se levanta y mira al cielo como si estuviera en el trampolín de una piscina. En su borde. Decide dar un paso más, un único paso que la impulse al vacío, a la nada (y al todo).

Desciende.
Desciende.
Desciende.
Desciende.
Desciende.
Desciende.


"Volar... sentirse libre... volar..."

(Ejercicio de escritura automática y pensamiento automático)

martes, 19 de mayo de 2015

Desamor

Observa su reflejo en el espejo. Observa el paso del tiempo sobre su cuerpo. Los recuerdos que sus huellas emanan. Se toca un pecho y acaricia la sensación olvidada del tacto de un extraño. Su pezón se endurece y la mezcla de imagen y sensación le causa pudor. Cierra los ojos e imagina:
un lugar,
              un amor,
                            un beso,
                                          unas palabras,
                                                                 unas lágrimas,
                                                                                         alguna emoción,
               un susurro escondido,       
                 un orgasmo compartido,                        
una mirada,                                           
un abrazo eternizado,                                                       
una respiración ajena,                                                                        
una promesa incompleta.                                                                                 
Sus lágrimas le obligan a abrir de nuevos sus ojos. A contemplar su imagen borrosa en el espejo. Sus huellas. Sus heridas. Se odia y quiere golpear su reflejo. Se odia y quiere herirlo. Herirlo de muerte. Acabar con él. Con ella misma. Grita. Grita. Grita
 
G    R    I    T    A
 


(Texto que surge de la extraña mezcla de una pesadilla y de la canción de Blaumunt "El primer arbre del bosc". Os dejo enlace).